Es bien sabido que la rebeldía, habitualmente, ha sido señalada, perseguida y hasta castigada desde tiempos inmemoriales. Todo lo que contraviene las normas sociales, culturales, los comportamientos conocidos, en general, es visto como algo peligroso y se intenta erradicar, acallar. ¿Por qué?

Porque no conviene. No interesa. Molesta. Incomoda. ¿Por qué?

Porque nos muestra otros caminos, otras opciones que, si los tomáramos, quizás nos llevarían a ese lugar siempre soñado o colmarían ese deseo secreto que escondemos en lo más profundo de nuestro corazón. ¿Por qué?

Porque hemos aprendido, sin apenas darnos cuenta, a seguir los caminos ya trazados, ya recorridos. Lo que se supone debemos hacer, quiénes debemos ser. Y eso tiene que estar bien. ¿Por qué?

Porque si no está bien, si no me vale, si no me satisface, si no me hace feliz… me planteará la necesidad de cambiar algo. ¿Por qué?

Porque si no cambio algo, si no me muevo, si no salgo de los cánones establecidos, probablemente, nunca encuentre la verdadera felicidad, sino la felicidad fabricada que insisten en venderme. ¿Por qué?

Porque, en lo más profundo de mí, en la memoria del niño que fui, sé que era feliz en la inocencia y la ilusión, en los pequeños deseos cumplidos, en la total incertidumbre de un intenso presente, en la ausencia de preocupaciones, en un futuro lleno de posibilidades, sin obligaciones ni agendas repletas de planes, en el juego, en la risa sin motivo, en la compañía de mis pequeños amigos. ¿Por qué?

Porque yo era un superhéroe, una princesa guerrera, un sheriff implacable, un hada buena, un agente secreto, una espía internacional… y cualquier cosa que quisiera ser. Podría lograrlo todo, salvar al mundo, ser famoso… No tenía de qué preocuparme. ¿Y qué cambió?

Que, un día, me dijeron que ya debía portarme como una persona mayor y yo pregunté: ¿Por qué?

Quizás aquéllos a quienes consideramos rebeldes no sean más que niños que nunca aceptaron la respuesta a esa pregunta y que, de alguna forma inconsciente, eligieron seguir siendo como eran sin miedo a las consecuencias.

Quizás son nuestros compañeros de recreo que, al reencontrarnos ahora se preguntan ¿qué nos pasó?

Quizás nos estén invitando a jugar y arriesgarnos a pensar en ¿qué pasaría si?

Quizás traigan una maleta llena de disfraces, armas de plástico, globos, serpentinas y magia para decirnos: ¡¡¡tú puedes!!!

Quizás deberíamos seguirles, o al menos, escucharles.

Quizás, sólo quizás, nos estén recordando el camino para volver a ser felices.

Ser rebelde | Be the Change  | Copyright Berta Mallenco